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martes, 9 de marzo de 2010

Efectos de la globalización


20100309170600-images.jpgPodría parecer casualidad, apenas un hecho anecdótico carente de valor sociológico o científico. Lo cierto es que durante mi estancia en Recife (Brasil) tuve la oportunidad de asistir a un concierto que suele organizar con cárácter gratuito organismos e instituciones locales. La fecha, tal vez poco indicada, vuelta de la resaca de carnaval en un pueblo no obstante acostumbrado a oir música (dije bien, oir y no escuchar) estaba dentro del calendario de conciertos estivales, ya casi al final de un poco diferenciado paso del verano al invierno.
Para aquellos que no sufren la pesadilla de las grandes urbes es bueno recordar que en Recife, como en cualquier otra ciudad del mundo con una población considerable, moverse para asistir a un concierto o a cualquier acto cultural implica echarle mucho valor y paciencia, eso por spuesto, sin contar con las inclemencias del tiempo en este caso y afortunadamente no repercutieron aún más en el caos circulatorio.
La verdad, no estaba muy motivado para este concierto. Ni conocía a las bandas que tocarían esa noche, ni anímicamente estaba preparado para ello.
Curiosamente, un acto público gratuito no es síntoma de aglomeraciones ni multitudes, al menos en este que vengo a referirme. Me pareció poco profesional tener a todas aquellas personas de pie en una fila casi media hora mientras los músicos realizaban su "prueba de sonido".
El teatro parecía reunir las condiciones adecuadas y sorprendentemente había butacas vacías.
No quiero en este artículo citar nombres que puedan sentirse ofendidos, así que me limitaré a realizar una reflexión que sirva para explicar esto de la globalización.
Sin entrar en detalles del patético sonido, el primer artista local se presentó con una voz "cascada" y sin ofrecer nada nuevo al panorama musical. Un tanto mediocre, o más de lo mismo. Aún así, soporté con paciencia, por la persona que me acompañaba, su actuación. Una mezcla entre rock y ritmos brasileños, más concretamente nordestinos. Pero lo peor llegó después. Una banda que comenzaba y avalada por Caetano Veloso, realmente deprimente, se presentó en escena con un ruido de guitarras desfasado y cantando letras del citado artista. Una fusíóon entre Iron Maiden y restos del tropicalismo para que ustedes me entiendan. Sólo tuve paciencia para oir dos canciones, me levanté y salí maldiciendo el día y la hora que asistí aquel concierto.
¿Qué tiene todo esto que ver con la globalización? Bueno pregunta que paso a responderles. Mucho. Y no por las fusiones o la integración de estilos, eso hasta puede resultar, de hecho, mi música tiene mucho que ver con las posbilidades que nacen de tales experimentos. La globalización tiene un efecto aún peor, un efecto dominó que está acabando con el plano creativo y con ciertas raíces autóctonas que se deben preservar en la música y si alguien no piensa así, es respetable, pero entonces, hagamos buena música que represente a toda esta especie llamada humana y que contenga de todo un poco, pero con calidad, con creatividad e imaginación. Yo, permítanme creo más en las diferencias que hacen de las personas heterogeneas, que no alinea. Ningún país está actualmente exento de un proceso de retrogradación musical y salvando a unos pocos héroes que se esfuerzan en chocar contra la pared, caminamos hacia un arte que deja de ser arte por el simple motivo de que no tiene personalidad, se ha vuelto estéril y sintético.
Aquel concierto me afectó profundamente, y como dije al principio, tal vez sea casual e irrelevante, pero me demostró algo que ya venía sospechando: el hombre se empeña en hacernos a todos iguales, que bien que en la excepción confirma la regla.