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lunes, 20 de diciembre de 2010

El mundo de lo absurdo


En estas estancias que paso en Recife (Brasil) no dejo de asombrarme aún a sabiendas que en este mundo actual todo es posible y nada ya es imaginario o ficticio.
Como amante y defensor de la música que me considero, admiro a todos aquellos que se empeñan contracorriente en salvaguardar los valores, los fundamentos y la historia de quienes dedicaron su vida a la música. Creo, que nadie duda del momento crítico que el arte en general está viviendo, tratando de buscar su identidad en un mundo mecanizado por la tecnlogía, la segunda era industrial que hizo como en épocas anteriores, del hombre una máquina.
Más para suerte y fortuna del arte, existen estos nuevos abanderados en pro si no ya de crear, al menos de conservar y que no quede en el olvido.
Y es una lucha sin pausa, con heridas, a cuerpo, entre quienes se afanan en encontrar lo tecnológico y lo vanguardista como estandarte y definición del hombre contempoáneo. Tal vez, estos ignorantes olviden que los monjes de Solesmes en pleno siglo XIX rescataran el gregoriano o que en el mismo siglo, se redescubriese a Johan Sebastian Bach. Mirar atrás no es sinónimo de decadente, de antiguo, mirar atrás es por el contrario, aceptar y respetar nuestra herencia.
Si Europa vive esta lamentable decadencia e inflexibilidad con el pasado, no quiero entonces hablar de América.
En primer lugar, porque el Nuevo Continente vive aún muy cerca de su más reciente infancia, y por lo tanto, con poca perspectiva de pasado.
En segundo lugar, porque en esta globalización que hizo de cantantes inexpertos, exceéntricos, carentes de sensiblidad alguna para el arte, su modelo de culto, Brasil como el resto de las Americas no está exento de dolencia.
En un filme que asistí hace unos días y del cual lamentablemente no puedo daros referencias, un pintor en su madurez se enfrenta a ese concepto de vanguardismo frío y carente de contenido y para ello engaña a uno de los mejores críticos de ese arte con unas pinturas que consigue de sus alumnos de la Escuela de Deficientes Mentales. El crítico obsecado en encontrar un sentido a todas aquellas pinturas resulta tan patético que desmorana cualquier intento en creeer que el llamado arte vanguardista tenga realmente una razón de ser.
No soy pintor y nada puedo decir sobre eso, pero sí soy músico y tengo mucho que decir sobre quienes manipulan la música con cuatro sonidos mal encajados en una partitura que bien podría ser escrita por uno de aquellos respetables alumnos.
El arte no tiene cabida en el mundo actual. Nos lo hemos cargado, a base de inventar lo que ya no puede ser inventado, pero un buen pintor, como un buen compositor, no pasa por no parecerse a Monet, Velazquez, Mozart o Falla, sino en su capacidad de imprimir desde su sentimiento algo que llegue al resto de los mortales. Por tanto, no es el medio, sino el fin el que justifica. Pintar a brocha gorda con terrones de azucar, o componer para jarrón estrellado en un suelo de mármol puede resultar de lo más innovador, pero ¿qué tiene de significado?, o mejor dicho, ¿a qué parte del corazón está llegando?.
En esta visión pesimista que observo del arte actual, me deprime aún más ver el abandono de los Conservatorios. Aquí en Recife, como en Olinda, sin infraestrucutras, sin una sala merecedora de albergar ningún sonido, sin aulas preparadas y sin profesores que puedan llevar a cabo el dificil trabajo de transmitir una historia. Resulta por tanto, más que admirable, ver a un chico o chica de corta edad afanándose en en único madero que queda después del naufragio del mayor de los navíos. Y los hay quienes aún ni teniendo para comer, ni para vestir encuentra en la música de Bach, Mozrt o Beethoven, la razón de su existir. ¡Estos es el arte! y quien a fuerza de oponerse al gran muro que sobre ellos se levanta consiguen salur victoriosos, son merecedores del mayor de los respetos.
En un programa de televisión aquí en Brasil, de esos que sirven para "pasar" el domingo pude ver el mayor de los absurdos.
Se presentaba uno de los indiscutibles talentos operísticos aquí en Brasil, el tenor Thiago Arancam, tal vez uno de aquellos niños antes nombrado. La propuesta podría ser interesante, incluso una manera de difundir o amar la ópera, pero el contexto resultaba verdaderamente patético, irreal, en un programa sin sustancia y con un acompañante de piano verdaderamente muy por debajo del citado tenor. Esto ni puede ni debe hacerse por mucho que nos empeñemos en llevar el arte al gran público. Lo peor de todo aquello estaba por llegar, cuando una de las personas que asistían conmigo a aquel despropósito dijo: ¿Y por qué el no canta ópera brasileña?. Por respeto a la ignorancia de la persona que hacía tal comentario, preferí callar y eludir el comentario, pero ¿es que ahora el arte necesita defender una patria? ¿qué más dá si canta un aria italiana, alemana, francesa o de la misma Groenlandia. Es esto, a lo que hemos llegado, a la falta de cultura del pueblo para entender que el arte no entiende de fronteras, ni de tiempos, ni de clases sociales, étnicas o religiones. El arte se defiende a sí mismo, sea en la lengua que fuere o con los instrumentos que se considere siempre y cuando ese lenguajje llegue o toco las fibras más sensibles de cualquiera que lo escuche.
Estamos en el mundo de lo absurdo, sin duda, en los tiempos donde todo se confunde, todo se mezcla y nada tiene sentido. Se accede a la información superficial sin tiempo para profundizar en nada.
El arte, es también una especie en peligro de extinción, será demasiado tarde para acordarnos y recordaremos la última canción del idiota de turno como lo mejor que pudimnos dar.