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lunes, 30 de mayo de 2011

Un aithéroe para una ópera

En la historia de la música y más concretamente en la ópera, siempre ha existido una clara inclinación hacia los personajes heroicos, épicos como prueban las versiones que con tanta insistencia poblaron de dioses griegos y sus mitos la música más patente en el Barroco encargada a las privilegiadas voces de ils castratis.

Esta sed del ser humano de encontrar modelos de valentía, justicia y victoria se siguió manteniendo en periodos posteriores. Solo hay que ver la magna obra operística de Wagner.

Es el valor el que demuestra en estos casos la justicia, la verdad y no la razón por sí misma. El héroe se convierte, de este modo, en un collage de elementos que tienden a confundirse y a parodiarse unos a otros. Llevamos, de esta manera, nuestros mitos, a la vida real; nuestras frustraciones a la esperanza del héroe que venga a salvarnos de ella. Con determinación, sin miedo y con nuestro respaldo del éxito asegurado.

Pero, curiosamente, W. A. Mozart, tal vez influido por el libreto de Emanuel Schikaneder o por la idea francmasónica que rodea a La flauta mágica, puso música al antihéroe de Tamino.

El texto seguía inspirado en lo mitológico, no cabe duda de eso, clara voluntad del hombre de finales del s. XVIII (fecha en que se estrenó esta ópera) de imitar a los clásicos griegos. Pero, y aquí es donde radica la grandiosidad y elocuencia del libreto, lo hace un príncipe medroso, que duda de sus propias convicciones de héroe para salvar a Pamina de su secuestro.

De esta manera, el prototipo se hace más humano y menos Dios, sucumbiendo a sus temores y dando más espacio a otras virtudes como son la capacidad de amar, la razón y la búsqueda de la verdad. Así se pinta el existencialismo personal de Tamino, que poderosamente fortalecido por el amor que le une a Pamina se hace merecedor de alcanzar tal victoria. Victoria que no es pública sino íntima pues el príncipe no aspira a llenarse de gloria ni de vítores que aclamen su heroísmo, este es el gran error de los héroes que los impulsa a la soberbia y a establecer jerarquías humanas, en cambio, Tamino habla desde su sencillez, desde su naturaleza y derecho a la duda y el miedo.

Al margen del talento musical del compositor, estaba su sagacidad y capacidad para escoger los mejores libretos para sus mejores óperas. Argumentos que presumiblemente llegasen a entender unos pocos privilegiados. A Mozart lo popularizó la gran masa como hoy en día se sigue haciendo, pero más allá de esto; documentos, manuscritos, partituras, libretos, crónicas y otros tantos testimonios, nos acercaron al lado más profundo del compositor.

Mortales, apenas mortales que ansían un puesto en el Olimpo, disfrazados con su traje de héroe y portando una ridícula corona de laurel ¿queréis ejemplos de ellos?