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jueves, 2 de febrero de 2012

La institucionalización de la música



Podría decir, sin temor a equivocarme, que la institucionalización de la música tuvo más sombras que luces, y peor aún, perduran.
Como comentaba en el post anterior dedicado a la figura de Carissimi, la burguesía, que había conseguido convertirse en la principal protagonista de las revoluciones tanto francesa como industrial, había dejado huérfanos a los compositores que a diferencia de lo que se piensa, tomaron la forzosa decisión de convertirse en artistas independientes, autónomos.
Oficialmente, como organización del Estado, el primer Conservatorio fue el de París, fundado en el año 1.795 y digo oficialmente, porque el término conservatorio fue una denominación que tomaron los centros y escuelas de caridad que recogían a huérfanos o personas en precariedad y se enseñaba entre otras cosas, música.
El Conservatorio de París contaba en sus comienzos con 40 profesores y 40 estudiantes, lo que da una clarísima radiografía del grado de individualidad de las enseñanzas impartidas. Fue criticado de cierto conservadurismo y entre sus profesores no destacan compositores de altura de la época. Años más tarde, Leipzig, en 1843, iniciaba bajo las órdenes de los Mendelssohn Barthody una apuesta que desbancaba el liderazgo de Francia. Entre sus profesores se contaban con importantes compositores como Schumann y llegó a tener hasta 6.000 alumnos.
La institucionalización de la música fue un camino abierto para los diletantes, en su mayoría burgueses que admiraban la cultura y querían formar parte de las actividades y acontecimientos más destacados de la época.
Sin embargo, y como veremos más adelante, los Conservatorios demostraron una exigencia y un anquilosamiento que no estaban al alcance del alumnado que a ellos, con intenciones tal vez no profesionales, se acercaban para el aprendizaje de la música.
La vida de los Conservatorios no ha cambiado mucho, personalmente pienso, que estaban desde el comienzo abocadas al fracaso si lo que se pretendía era extraer de ellos grandes compositores. Que nadie se llame a engaño, el talento no se enseña aunque si se perfecciona.
Uno de las lozas que pesan sobre la enseñanza pública es su propio sistema. Existe una carrera contrarreloj en la que el alumnado se ve obligado  a interpretar un número de obras en apenas nueve meses, sin contar los festivos. La mayoría de las veces, y dado el escaso tiempo de la sociedad moderna, las obras son revisadas a la ligera sin entrar en detalles ni en perfeccionamientos, algo que contradice el objetivo de la enseñanza. Es, esta, principalmente, la peor enemiga para crear mediocres profesionales o en su caso frustrados aprendices de música.
El Estado se ha convertido en el protector de las artes y está bien que se garantice la igualdad de oportunidades, pero tiene el terrible inconveniente de la urgencia de velar por el cumplimiento de horarios, temarios y proyectos curriculares, asegurar que un porcentaje determinado es apto para concluir sus estudios, único acicate para mantener tal institución.
Una gran parte de los docentes que ejercen su profesión en Conservatorios no han demostrado tener ni una sola composición propia o lo peor aún, no han dado un solo concierto en su vida. La mayoría de los compositores, salvo excepciones, huyen de este sistema rígido que obliga a crear genios y que no ahonda en la necesidad de una estructura más acorde con los tiempos que corren y las necesidades exigidas.
Antes de la institucionalización de la música, el músico como otras muchas profesiones era un trabajo heredado o se destinaba a un profesor particular que garantizaba, fuera de ninguna estructura burocrática, el verdadero trabajo de la enseñanza como oficio, y por tanto artesanal.
Y ahora, unas breves líneas sobre lo que os comentaba más arriba. En Music-Study in Germany, from the Home Correspondence, de Amy Fay, Chicago 1880, se comentan las horribles clases de piano de la época. Os transcribo un fragmento:
“  (Tausig) ¿Va a tocar usted el piano o no, porque si no, no llegaremos a ningún sitio? – La segunda alumna se sentó y tocó unas cuantas líneas. Le hizo empezar una y otra vez y finalmente le quitó la partitura y golpeó el piano. {...} ( La alumna Timannoff a la que consideraba una genio) “ No paraba de interrumpirle de la manera más atormentadora y exasperante que se pueda imaginar. Si hubiera sido yo, habría llrado...”

No tomen este fragmento como un mero hecho anecdótico, ocurría y sigue ocurriendo en muchos conservatorios. El academicismo no juega a favor de los genios, a veces, ni de aquellos que con tan buena intención deciden emprender estudios de música, a veces como simples diletantes, algo que termina por convertirse en un sentimiento de baja autoestima y de culpabilidad del que no podrá librarse el resto de su vida.