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martes, 17 de abril de 2012

El mismo collar para distinto perro. Recapitulemos.

Ayer, ya casi de pasada, en los últimos minutos del programa Juego de Espejos de Radio Clásica (RNE) sonaba una música que me pareció a primera vista actual, ideada para cualquier apetecible banda sonora. Se trataba, no obstante, de una obra estrenada en 1.942 y que llevaba el sobrenombre de Leningrado. Efectivamente, era la séptima sinfonía de Shostakovich.
Como yo no creo en las casualidades y sí en las causalidades intenté a acceder a los posts del programa, pero evidentemente, era demasiado pronto para que estuviese allí. Sin embargo, mi curiosidad me llevó a interesarme por dicha obra, que por cierto, y eso lo descubrí más tarde, había escuchado ya en alguna ocasión, al menos parte de ella. Y ¿ por qué causalidad? Bien, enlazando con aquel post que dediqué a Música e Ideología hace unas semanas aparece esta magnífica obra tan polémica, del no menos polémico Shostakovich.
Entre el amor/odio que sentía por Strawinsky, la séptima es un trabajo que se asocia con los esquemas propios del modelo strawinskiano, si se me permite el adjetivo. Shostakovich se me antoja un compositor sintético, como la mayoría de lso compositores rusos, preciso, concreto, más melódico que armónico y en Leningrado despliega un colorismo tímbrico envidiable y suscita una honda reflexión de la condición humana que luego explicaremos.
Os facilitaré más abajo dos enlaces interesantes que retratan dos perspectivas diferentes del compositor. Hablemos de ellas.
Por un lado, el controvertido orígen de la sinfonía o el por qué de la misma, algo que necesitamos forzosamente encontrar para establecer analogías y para entender algo tan abstracto como la música. El gran problema es que en estas investigaciones un@ puede perderse fácilmente y no conducen a nada. Se dice que Shostakovich escribió la sinfonía como protesta a la invasión hitleriana de Leningrado. Fernando de León, en ese interesantísimo artículo que antes os comentaba pone en evidencia los errores a los que puede llevar cualquier intento al respecto de relacionar la obra. Dice De León que el mismo Shostakovich manifestó que efectivamente se trataba de una denuncia al nazismo, para continuar oportunamente: "contra cualquier forma de nazismo" y esto incluía la purga stalinista. Aduce, además, que la septima, como lo haría cualquier artista, es un retrato de las miserias del ser humano como ente universal y no concretizado obligatoriamente.
Esto nos guía en la segunda línea del post publicado por Enrique López Aguilar, que trata sobre un Shostakovich ambiguo, las dos caras como él suscribe en el post. Nos encontramos ante un hombre tremendamente tímido, maníatico y poco claro en intenciones, obligado a callar por causa de las circunstancias contextuales en las que tuvo que vivir.
Hitler, Stalin; Stalin y Hitler eran dos perros para un mismo collar y es posible que ni de uno ni del otro Shostakovich sacara ni la más mínima nota en la que inspirarse y corresponda más a un propio deseo y anhelo perosnal de expresión.
Escuchando los doce famosos compases ravelianos no pude más que dejar correr la imaginación. Y en ellos veía a unos soldaditos jugando a hacer la guerra. ¡Miradlos, como se divierten en el juego de la aniquilación! y como burlonamente, con sorna, Shostakovich retrataba este patético paisaje de la raza humana para después elevar a la iracundia llámese divina o universal esta estupidez en los compases siguientes. Pasada la clamorosa indignación nos damos cuenta que en los últimos compases aparece nuevamente el ser imbecil que no quiere darse cuenta de hacia donde va. Sí, por supuesto, es esta una lectura muy personalista de este fragmento, como la de cada cual, esto sólo me hace reafirmar que la música no puede nunca atenerse o estar al servicio de, sino que es un fín en sí misma. Por cierto, el segundo movimiento, admirable, genial.
Os adjunto los dos posts para profundizar en el tema.
Los dos rostros de Shostakovich
Oído fino