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martes, 27 de marzo de 2012

Música e ideología: daños colaterales



El origen dque motiva este post se remota a muchos años atrás, concretamente, aquellos años en que un jovencísimo pianista de hotel inexperto trataba de dilucidar si su presencia con aquellas músicas ajenas eran un requerimiento para soterrar el frío clima de estos espacios o un objeto más destinado a dar glamour o elitismo a las estrellas que categorizar la calidad de unas instlaciones.

Solía llenar aquel espacio al amparo o reclamo de un lugar en el cual personas con diferentes intenciones se acercaban a él: algunos como punto de espera para su llegada o salida, otros  para conversar, para tomar un café, una copa y muy pocos  con la clara intención de escuchar las músicas programadas para tal fin.

Como músico herido en su orgullo y con la curiosidad de comprobar una cuestión decidí actuar con cierta mailicia y para ello me atreví con una controvertida pieza musical que podría levantar ampollas en algunos  susceptibles oyentes. Se trataba de Tomorrow belong to me, el conocido himno que se utilizó en la BSO de la película Cabaret para el incipiente nacimiento del nazismo.

Curiosamente, no conseguí el efecto que pretendía, ninguno se levantó de su asiento, reclamó una explicación, ni perdió la serenidad, y establecí dos hipótesis: la primera, que nuestros vecinos germánicos son de una educación más que envidiable y la segunda que son de una ignorancia supina. Con el tiempo, descarté la segunda posibilidad.

Pero vamos a intentar dar sentido a este rompecabezas.

La música suele salir ganando muy pocas veces cuando se convierte en elemento ideológico. Me remitiré a algunas referencias interesantes. Trataremos de averiguar si está implícita en la ideología o explícita a ella.

Debe ser un tema  que sigue teniendo interés como demuestra la segunda conferencia organizada por Words and Music Association Forum (WMA) en Estocolmo para noviembres de este mismo año con el nombre de: Ideology in Words and Music.

También el Centro Studi Opera Omnia Luigi Bocherini bajo el título de: MUSIC, IDEOLOGY AND POLITICS IN THE ART CULTURE DURING FRANCO’S REGIME (1938- 1975) se atreve con esta cuestión en la que establece las causad del empobrecimiento de las artes y la cultura durante el régimen franquista que en consecuencia no optó por el utilitarismo.

Una tesis de Simo Mikklonen: State composers and the Red Courtiers (Music,ideologý and politics in the soviet 1930s) arroja algunas claves para entender como la música se convirtió con la Unión de Compositores, en un elemento propagandístico del Partido Comunista encabezado por Stalin y como curiosamente no sufrió las torturas y asesinatos que tuvieron que soportar la Unión de Escritores en el stalinismo más radicalizado.

En el volumen 2 de 1.985 de Pacific Reviews of Ethnomusicology, Peter Manuel trata, algo tendencisio, la cuestión y la relación de la absorción de la vida cultural y musical de Cuba bajo el Socialismo Revolucionario.

Ambos ejemplos antes citados tienen una estrecha vinculación política, pero no puede ser de otra manera teniendo en cuenta que la terminología que en 1.796 adquiría el carácter de Ciencia que estudia las ideas, se desvirtualizó en manos de Kant y Marx.

Pero retrotrayéndonos en el tiempo, Leonard B. Meyer en Music and Ideology in the Nineteenth Century nos introduce en dos elementos que yo también suscribo: la originalidad y la individualidad que caracterizaron al Romanticismo. La cuestión ahora sería preguntarnos, entonces ¿qué ocurre? Y podríamos continuar con este mismo autor que cita a Allan Bloom en un maravilloso mensaje que ilumina nuestras sombras:

Man was born free, equal, selfsufficient, unprejudiced, and
whole; now, at the end of history, he is in chains (ruled by
other men or by laws he did not make), defined by relations of
inequality (rich or poor, noble or commoner, master or slave),
dependent, full of false opinions or superstitions, and divided
between his inclinations and his duties

El texto es bastante claro y habla por sí mismo, pero por sacarle punta vamos a una palabra concreta “unprejudiced”. Aunque tiene algo de utópico este mensaje de la libertad natural del ser humano, no cabe duda de que establecer una relación entre ideología y música es exactamente eso. Es confundir el contenido por el contiente, es Hitler enamorándose de la ópera de Wagner y no al revés, el material del genial compositor un elemento que defina las bases del nazismo aún a sabiendas que responde a un ideario sobre las raíces de la tradición germana.

Volviendo al texto de Meyer encontramos la paradoja de cómo el comunismo polaco adoptó Las Polonesas de Chopin como un símbolo nacional, algo que rompe con la propia visión del marxismo: que cada clase social haga su música.

Pero tratando de establecer si la música es un arte absoluto y por tanto no subyugado a ningotra manifestación tomaremos las siguientes palabras:

 Wilhelm Schlegel’s characterization of two kinds of art:
Form is mechanical when it is imparted to any material through
an external force, merely as an accidental addition, without
reference to its character. . . . Organic form, on the contrary, is
innate; it unfolds itself from within, and reaches its deter mination simultaneously with the fullest development of the
seed. . . . In the fine arts, just as in the province of nature —
the supreme artist — all genuine forms are Organic.

Que no es otra cosa que decir que el universo sonoro no está directamente ligado a priori al determinismo ideológico si no es un fin procurado.

Como dice Lucy Green en su artículo: Why “ideology” is still relevant for Critical Thinking in Musiic Education publicado en 2003 la deificación, la legitmización y lo eterno en los que se sostiene la ideología ha dejado a la música en un incómodo lugar (esto último lo suscribo yo).

La disertación sería demasiado extensa para un post, pero aquel irreflexivo pianista que intentaba entre la curiosidad y el sadismo comprobar los daños colaterales que una ideología provoca en una determinada música demostró que suelen ser irreparables convirtiéndose en seña de identidad de sus correligionarios o en  el más absoluto rechazo de sus detractores.
En este sentido, ni el mismo Beethoven pudo librarse del peso de haber dedicado su Heroica a Napoleón que se erigió como un tirano imperialista por más que quisiera borrar su nombre de la obra y aunque las referencias militares están presentes en cada nota de la tercera sinfonía, al menos por una vez, el sentido común demostró que una obra musical está por encima de cualquier prejuicio o intencionalidad, pues en definitiva, es un arte absoluto que a nada ni a nadie debe rendir cuentas.