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viernes, 28 de junio de 2013

Los viajes del cavquinho: un ejemplo de respeto mutuo

Por casualidad o causalidad, cosas que nadie podría explicar, buscando en cierto portal famoso de videos sobre algunas técnicas para mejorar mi escaso dominio del cavaquinho; encontré unos episodios presentados por Henrique Cazes llamados como aquella música de Ernesto Nazareth, del cual creo haber comentado aquí en alguna ocasión, como digo, llamado Apanhai-te cavaquinho, considerada una de las primeras músicas del genial compositor y que daba inicio al choro, aunque en realidad era una polca.
No puedo más que agradecer y elogiar esa labor de Henrique Cazes por sus investigaciones sobre los orígenes y las transformaciones, que no me gusta la palabra evolución, de los instrumentos, en este caso del cavaquinho.
Ciertamente, el documental, que consta, al menos así lo creo, de tres episodios, es un largo viaje que recorre tres puntos principales de desarrollo del instrumento.
El primero, su orígen portugués de donde partió, se transformó y difundió como instrumento imprescindible de la música popular brasileña, especialmente del samba, auqneu también y mucho antes del choro y el maxixé.
El cavaquinho postugués es de menor tamaño y por ende timbre más agudo y con una técnica más cercana a la guitarra que a los instrumentos de púa. Gracias al profesor Paulo Soares de Coimbra o a luthiers como Domingos Machado de Braga y Fernando Meireles de Coimbra y a renovadores como Amadeus Magalhães, el cavaquinho portugués está recuperándose de un largo letargo condenado al olvido.
En mi reciennte vuelta a Recife de la que hablaré en otro post, pude comprobar que aquel cavaquinho portugués nada tiene que ver con el actual brasileño. Las diferencias son tan evidentes que hasta podríamos hablar de instrumentos diferentes dentro de una misma familia.
El cavaquinho brasileño también tuvo sus momentos de crisis existencial, más supo sobrevivir reforzado por el omnipresente samba. Es un honor tener en vida a grandes maestros como Zê Menezes, una leyenda en la trayectoria de este instrumento, tanto como Mané do Cavaco. Citar aquí a todos los cavaquinhistas sería una labor inútil porque con seguridad faltarían nombres que hicieron o hacen de este instrumento una parte esencial de la cultura brasileña.  Su tamaño, sonoridad y técnica, se toca con púa, evidencian las grandes diferencias o transformaciones que sufrió.

Alguien podría pensar que la historia acaba aquí, pero nada más lejos de la realidad. El cavaquinho también se encuentra en otro punto importante de habla portuguesa y de una inmensa riqueza cultural: Cabo Verde.
Uno de los grandes responsables de la recuperación del cavaquinho en la música caboverdiana es Bau y Mindelo uno de sus principales puntos neurálgicos.
El cavaquinho de Bau, un modelo relativamente nuevo, es un poco mayhor que el cavaquinho brasileño y puede encontrarse también en su versión de cinco cuerdas.
Como habrán observado, el cavaquinho, ese antiguo instrumento del folclore portugués, se resiste a caer en el ostracismo y busca nuevas formas de adaptación y hoy en día hasta en la música culta, clásica o como quieran llamarle pueden oirse piezas interpretadas con este singular instrumento.
Personalmente, alabo cualquier transformación que desde mi punto de vista considero positiva, pero me cuesta aceptar la elecgrificación de estos instrumentos acústicos cuya sonoridad es muy personal por el simple hecho de que son acústicos y fueron pensados y construídos con esta finalidad.
En estos días, percibo con tristeza, desde ese mundo que tanto me irrita del futbol, un cierto rechazo a lo español en Brasil y como quiera que yo me considero un español con alma brasileña, no puedo entender que lo que un instrumento consiguió pueda el hombre derribarlo. Tal vez, tengamos todos que aprender una nueva lección, una lección que nos llega de un pequeño instrumento de cuatro cuerdas que viajó haciendo nuevamente que la música sirva de nexo de unión de los pueblos y sus culturas.

sábado, 8 de junio de 2013

Sucedáneo de inmortalidad

Desgraciadamente, un retrato no puede resumir la vida de una persona, si acaso, un instante de ella y aún así ese momento está condicionado por la subjetividad del artista que pinta y por la, a menudo, antinaturalidad del que posa.
Como gaditano, siempre me he sentido ofendido con la imágen pública de Don Manuel de Falla en el retrato que Zuloaga, por decisión propia, hizo del insigne commpositor en 1.932.
Cierto es que Don Manuel de Falla no estaba obligado a posar y tal vez, por esas extrañas complejidades de la personalidad del gaditano, sintió la necesidad de ser recordado con una obra memorable, máxime viniendo de un gran amigo.
El susodicho retrato no sólo se convirtió en la imágen de culto del compositor para la posteridad, sino que se hicieron réplicas en aquellos famosos billetes de 100 pesetas.
Quienes observen detenidamente el retrato podrán llegar, tal vez, a las mismas conclusiones que yo hace tiempo llegué.
Primeramente, un Falla senil, de aspecto enfermizo, con traje holgado que lo hace aún más, si cabe, famélico. El compositor prácticamente ya había concluído su carrera musical y estaba inmerso en su obra inacabada Atlántida.
El fondo que Zuloaga utilizó para el retrato no puede ser más dramático en sus tonalidades y empequeñece la figura del maestro gaditano.
Tal vez, porque se trataba de Zuloaga, el retrato, como he dicho, se convirtió en santo y seña de la imágen viva del compositor haciéndole flaco favor a quienes, no ya como paisanos, sino como amantes del arte y de apreciar en qué momento uno debe quedar y en qué forma para la posteridad como lo hiciera Beethoven, Mozart, Chopin, Albeniz, etc pensamos que no es la mejor imágen que uno le gustaría conservar de Don Manuel de Falla.
Existe un retrato que hiciera Don Daniel Vázquez Díaz (1882/1969) que captura el instante del compositor en 1.919. Apenas un busto lleno de vibraciones y vitalidad de un Falla como nos gustaría fuese recordado (adjunto enlace)
Manuel de Falla por Vázquez Díaz
Por supuesto, ni la genialidad ni el reconocimiento que tod@s tenemos guarda relación con un momento fugaz en el que el tiempo queda congelado, frío, mudo, pero puestos a elegir, el retrato de Vázquez Díaz hace más grande y sublime a mi pasiano Don Manuel de Falla y de esta forma quiero recordarlo.