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jueves, 14 de agosto de 2014

La construcción de la identidad cultural. Los retos del nuevo siglo.

El problema de la identidad nacional:

Existen muy buenos artículos, investigadores, sociólogos, antropólogos, musicólogos y estudiosos que se han preocupado de esta cuestión.

Definir la identidad es fácil, lo difícil es explicar hasta dónde o hacia cuánto abarca y si sus límites son reales o ficticios.

El s. XIX fue el marco que propulsó el concepto de identidad, que básicamente tenía un componente político. Basta recordar los nacionalismos que definían la identidad rusa, germana, española entre muchas otras y que adoptaron los compositores como Tchaikovsky, Borodin, Wagner o Falla.

La identidad se sustenta en la tradición, pero el problema de la tradición es su propio paradigma. Básicamente, la tradición es la aceptación de una serie de reglas, normas establecidas por una determinada comunidad para determinar su identidad nacional, regional, etc.

Si nos fijamos en la historia del ser humano, desde que éste entró en contacto con otras sociedades ajenas a las que pertenecía se produce un “intercambio”, lo que algunos llaman “hibridación” es cuando este intercambio supone incorporar determinados elementos que no formaban parte de su propia identidad para tomarlos como suyo.

En este sentido, la globalización contribuye en gran medida a los procesos híbridos, que otros llaman de fusión. Con este fenómeno que tiende a la estandarización de la cultura el concepto de identidad se desvanece como en su momento lo hacía el de tradición.

Pero no todos los “intercambios culturales” traen consigo un desplazamiento de la identidad original,es decir, existe una gradación que lleva a posturas diferentes. Establecer en qué medida este fenómeno afecta a la propia identidad también es complejo. Pongamos un ejemplo didáctico: The Sargent Pepper de The Beatles. La incorporación de instrumentos hindúes (ahora le llaman indio) y de ciertas melodías o armonías en las composiciones que realizaron The Beatles en este período de orientalización, no supone una modificación sustancial de su identidad musical que sigue siendo el fenómeno pop-rock. ¿En qué medida es un híbrido o apenas un rasgos anecdótico?.

Es importante también determinar cuáles son los límites que se establecen y son aceptados en este fenómeno de la globalización. Con la emigración/inmigración muchos habitantes con una fuerte identidad nacional como por ejemplo Cuba, no abandonan sus hábitos de escuchantes ni culturales: siguen manteniendo su “parcela cubana” estén en las Antípodas o en Florida. Del mismo modo ocurre con muchos africanos que residen en España. Una gran mayoría de ellos siguen manteniendo sus modelos culturales: se relacionan con ellos mismos, asisten a fiestas “para africanos”, etc.

Por tanto, la relatividad del mestizaje es evidente. Para que una identidad cobre un verdadero valor, debe existir un concenso, un marco normativo que las regula como ya sucedió en el s. XIX.

Si Kepa Junquera incorpora un sitar en sus composiciones no desvirtuará en gran medido su estilo vasco, pero si su música “se sale” de los patrones, entonces habrá entrado en el campo de la World Music o la globalización o cuanto menos en la fusión o la hibridación.

No sabemos qué nos depara este siglo, aún es pronto para verlo con perspectiva, pero no cabe duda que la globalización podría acabar de un tajo con los modelos anteriores que para bien o para mal son fruto de nuestro pasado y un legado de la Humanidad.  La UNESCO vela porque las tradiciones queden salvaguardadas del “intrusismo” propio de los tiempos que corren.

El debate está abierto y en ningún caso a favor o en contra. Tal vez, este proceso de consolidación cultural que comenzó en el s. XIX haya llegado a su fin está abriendo una nueva puerta inquietante si todo lo pasado se convierte en cenizas. La identidad, esa construcción que creíamos sólida, también tendrá que adaptarse a la inestabilidad y a la crítica de que nada es perdurable ni determiante.