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miércoles, 29 de octubre de 2014

Cuando Saturno devoró a su hijo


De todos es bien sabido que Jean Baptiste Lully (1632/1687) fue un músico y compositor de orígen italiano al servicio del llamado Rey Sol en la Francia del período barroco.
Lully tuvo la perspicacia de ganarse los favores de Luis XIV de tal manera que ocupó el más alto cargo como compositor de la corte.
La astucia de Lully también le sirvió para hacerse con todos los poderes legales sobre la ópera francesa y no había nadie que le tosiera, incluso su colaborador Moliere, fue destituído cuando ya no le necesitó y restringido sus derechos sobre sus obras.
Nadie dudaría de la habilidad musical de Lully, pero menos aún de sus habilidades y artimañas para conseguir el favor real y la admiración.
Se dice, que cuando Luis XIV, amante de la danza, fue incapaz de ejecutar los bailes y coreografías que Lully les preparaba, el rey perdió cualquier interés sobre el talento del compositor.
Para Lully, desafortunado en su fatal destino por una herida infectada que le produjo su bastón de director, su tiempo había terminado mucho antes y había sido víctima como Saturno comiendo a su hijo, por tal de que éste nunca fuera más grande que él.
Toda esta historia sobre Lully y Saturno viene a colación de lo que le puede ocurrir a cierta formación pseudo-política en auge en España y cuyas encuentas sitúan como la más votada en las próximas elecciones. A mí no me cabe ninguna duda de que el dirigente de esta formación tiene mucho de Lully y que acabará como Saturno devorando a sus hijos, es decir, implantando un régimen de extrema izquierda muy peligroso que nos llevará antes de tiempo a un final irremediable.
No, no es profecia, ni dotes de adivinación, es cuestión de observar bien, la ambición es el único leit motiv de este nuevo personaje de la política y parece que omnibulados por su estela de santidad y benefactor de los hombres de pobre corazón, se ganará la misericordia de éstos hasta que su verdadero proyecto político nos haga añicos en menos de lo que dura un abrir y cerrar de ojos. Que la Providencia nos ampare.

martes, 28 de octubre de 2014

En mi casa, no


No existen muchas anecdotas, por llamarlo de algún modo, sobre las relaciones vecinales y los grandes compositores y músicos del pasado. Se cuenta que Beethoven, tuvo que mudarse tantas veces de casa, debido a las denuncias de sus vecinos, que existe en Viena una gran cantidad de casas en las que puede leerse: aquí estuvo Beethoven. Lástima que para eso sí se acordaran de él.
Verdaderamente, la vida de un músico está ligada al sonido, algo que para muchos es ruído, cuando tienen que soportar una y otra vez las secuencias repetidas hasta conseguir el efecto deseado.
En otros tiempos, también es cierto, que las construcciones de viviendas gozaban de un aislamineto acústico dificilmente encontrado hoy, salvo aquellos que disfrutan de casas palabaciegas o viven aislados en zonas rurales en los cuales se disipa con mayor facilidad cualquier molestia sonora.

Realizar una estadística de cuántos músicos actualmente existen en nuestro planeta resultaría, cuantos menoes, interesante. Ello implica que las necesidades de estudio o ensayos no puedan siempre llevarse a cabo en un lugar en el cual el sonido no perturbe la paz de los demás.

Teniendo en cuenta, que existen determinadas horas del día en las cuales por norma o sentido común no debe dedicarse uno al estudio de ningún instrumento, aún así, nadie está a salvo de que su vecino toue a su puerto con la queja reglamentaria.
Tampoco abundan las salas o locales de ensayos, y de haberlos, no todos tienen el nivel económico necessario como para pagarse unas horas de alquiler.
La solución pinta muy mal para los músicos, si no quieren pasar por el trágico desenlace de verse en un juicio a causa de ejercer su actividad artística.
En general, un músico profesional necesita como mínimo cuatro horas diarias de estudio para mantener su nivel de habilidades y para el aprendizaje y análisis de las obras a interpretar. En la primera hora, toda marcha más o menos bien, pero a partir de la segunda, comienzan las murmuraciones, los golpecitos en la pared, los insultos y las amenazas. Quien llega a la tercera hora sin verse afectado por estas consecuencias, es todo un héroe. El estudio requiere concentración, algo que para un músico es relamente dificil, dado su especialización auditiva, máxime por lo comentado anteriormente.
Exceptuando a los compositores de alto standing que ya han pasado la barrera de la pobreza, de su época estudiantil, y de la presión vecinal, el resto de los músicos y compositores se enfrenta a un gran problema que perjudica en gran medida la calidad de su ejecución sometido al estrés de tener que soportar las críticas de otros. Sin embargo, es curioso, que rara vez nadie se molesta cuando se realizan obras en casa en las que el martillo o el taladro se convierten en los protagonistas y solistas del concierto (algunos hasta se animan con algún rítmico compás).
La situación en tiempos pasados, tal vez no fuera tan radical, el músico y compositor gozaban de cierto prestigio y hasta se les permitían ciertas licencias. Hoy, el músico está viviendo uno de sus peores momentos, denostado su arte, injuriado por sus vecinos y sin capacidad de reacción, no queda otra que agachar la cabeza y refunfuñar entre dientes.
Con frecuencia, es fácil olvidar que cuando asistimos a un concierto, no lo hacemos a un acto de divina inspiración en la que el músico prestidigita sobre su instrumento, sino a horas y horas de estudio y lo que el músico agradece es exactamente eso, el reconocimiento de ese trabajo que tantas veces cuesta llevarse a cabo.