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miércoles, 25 de febrero de 2015

Cultura...descalza y con lo puesto

Según el diccionario de la Real Acadeemia de la lengua española, cultura viene de cultivar. En este sentido, quien cultiva es quien se prepara para algo y el ser humano culto se prepara no para presumir de sabiduría, sino para ser más libre.

Dice Èmile Henriot: Cultura es quello que permanece en el hombre cuando lo ha olvidado todo. Y Lofficier: La cultura es un bien personal. únicamente nos llega por el camino del cultivo propio.

Dicho esto, uno debería sonrojarse, cuanto menos, cuando en un programa de la Ser Radio, un colaborador dice que el violín es más dificil de tocar porque no tiene "arpegios". Quiera yo entender que quiso decir: trastes. Y lo peor de todo es que segundos antes decía que la cultura apenas le importa a nadie. Patético.

Pero no menos lamentable es oir a la señora Rosa Díez de UPyD, a la que por otra parte, profeso una gran admiración y respetoo considerándola una de las mejores políticos de este país, cuando comienza su retahíla de personajes de la cultura: muy poco original. allí estaban los mismos que hasta un niño de siete años citaría. Algunos para mi gusto personal, hasta sobraban (llámese Lorca). Y que no hagan saña de este comentario los del PP, que a todos se agarran en tiempos donde el asiento parece estar más fuera que dentro.

Verdaderamente, y no creo que sea la primera vez que lo digo, la cultura le importa una mierda a mucha gente y como se trata de un esfuerzo (cultivar), el ser humano, acomodado por naturaleza, cada día se le ocurren las mismas citas que a la señora Díez.

Apurando aún más, ¿qué es cultura? se habla de la cultura del futbol ¿?, de la cultura del pelotazo, de la cultura del bienestar, de la cultura tecnológico (zombies pegados a un aparatito electrónico día y noche).

No soy sociólogo, así que no puedo definir qué es la cultura. Lo que sí puedo afirmar es que, a instancias de lo visto y oído, la cultura va descalza y con lo puesto.

Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas (J. Ramón Jimenez)

sábado, 21 de febrero de 2015

Estamos loco, ¿ o qué? El Mundo digital

Tan pronto, el periódico digital El Mundo te publica un artículo criticando las prácticas de la piratería, que te publican otro, " alabando " el software libre.

Vamos a ver, ¿tiene el periódico digital de El Mundo un equipo de especialistas de cotejar lo que publican?¿Tiene el periódico digital El Mundo un sentido de la lógica? o lanza de aquí para allá pelotas para que cada cual recoja la que más le interesa.

Mercé Molist ha publicado hoy una noticia: homenaje a la otrora poderosa comunidad del 'software' libre (I).

Claro, como lo ha publicado en el aparatado Historia, uno podría pensar, bueno, esto sucedió y todos nos quedamos tan panchos, pero como últimamente uno tiende a desconfiar de todo, a mi me huele que lo que la señora Molist pretende es reabrir el caso de los piratas en la red y darle un golpecito en el hombro a los que lo hicieron posible.

Yo, no espero nada ni de los defensores de esta majadería del software libre, ni de los inconscientes que a ella se agarran, apelo a los que hasta hoy siguen en el sentido común de que lo ajeno hay que pagarlo salvo que se especifique lo contrario, sigan estando firmes en sus convicciones, porque con ello contribuye a que la cultura se mantenga, a que el empleo en actividades de esta índole, crezca y a que la justicia no tenga que preocuparse en este tipo de cuestiones viendo lo que sobre la mesa hay de mucha mayor gravedad, ojo, digo gravedad, no que el acto de invadir los derechos de otro no merezca un caastigo ejemplar.

Amenaza Molist con una segunda parte, como tantos otros nos amenzan con el recuerdo de los campos de exterminio nazis, con las víctimas del franquismo,etc, etc. Y aquí entra el dilema: olvidar, nunca pero recordarlo a diestro y siniestro,¿no reaviva el odio?

Pase lo que pase con el comercio en intenret, presumiblemente acabará desplomándose con políticas de permisividad, como he dicho otras muchas veces, el arte ha muerto en el momento en el que al artista cuyo estímulo, ojo, no el único, es poder vender su obra para subsistir como el resto de los mortales, se le niega, se le ningunea y se mofan de él. Al artista el úncio consuelo que le queda es como también he manifestado en otras ocasiones, son sus incondicionales incapaces de darle una puñalada trapera, incapaces de ridiculizar su trabajo e incapaces de atribuirle un calificativo muy de moda en estos tiempos de crisis: menos arte y más arrimar el hombro. Así, que mejor será ir poniéndose el mono de trabajo antes que esta selva nos caiga encima. 

El Mundo. Historia

jueves, 19 de febrero de 2015

Pero, ¿ a qué están jugando?

En un artículo de El Mundo digital, se estima que un 84% del contenido cultural se descarga de manera ilegal.

Hace unas semanas leía, no recuerdo exactamente dónde, que los ingresos de la cultura habían crecido con respecto a años anteriores.

Está clarísimo que hay una gran contradicción entre estas dos noticias. Por un lado, la más que sosprechosa realidad de la primera y la mediática de la segunda.

También parece evidente que la cultura sigue sin interesar a muchos, y en cierto modo, no deberíamos sorprendernos de ello. En siglos anteriores, la cultura era un privilegio de las clases acomodadas, ora por que "el pueblo" no se lo podía permitir, ora, porque les interesaba una mierda.

El "todo gratis" sigue triunfando, campando a sus anchas, con la impunidad o el mirar para otro lado de jueces y gobernantes, más preocupados y levantando cortinas de humo con los casos de corrupción (como si éste no lo fuera).

A Europa en particular y al resto del planeta en general, les importan más de lo mismo la cuestión de la cultura, que vuelve inevitablemente al terreno de unos pocos capaces de ser conscientes y de consumirla con honestidad.

Mientras, "el pueblo", ya ha dejado clara sus bases: mientras todo se obtenga sin coste, ¿ por qué no?.

Llevamos mucho tiempo tratando esta cuestión de la ilegalidad, el intrusismo y el abandono en el que los artistas e intelectuales se encuentran. Desamparados con tibias leyes, presionados para no perder público o sujetos a la ley de mercado que te obliga a ridiculizar los precios de las creaciones.

El panorama no puede ser más patético. Entre la primera y la segunda noticia no existe franja alguna, tal vez, cierto cinismo al manifestar que la cultura generó ganancias. En cualquier caso, y de ser cierto, se tratará posiblemente de ese 16 % que no entra en los cálculos estimados de los inconscientes que siguen pensando que el arte es universal, eso sí, sin pasar por caja..

El Mundo digital


lunes, 2 de febrero de 2015

Improvisación u obra cerrada: dos mundos opuestos.

En el mundo de la música han coexistido desde siempre dos formas de composición antagonistas. Por un lado, la improvisada o espontánea que conlleva, cuando ésta de calidad, un grado de creatividad y rapidez mental incomparables. A veces, se tiende a confundir la improvisación con el jazz, que en realidad toma esta forma de interpretación y composición como parte de su repertorio y que no debemos entender que la improvisación no está sujeta a reglas. Las tiene. La improvisación tiene a su favor la impronta que hace de la composición musical algo natural e instintivo, más emocional. Cualquier antropologo que se precie la situaría en el primer estadío del ser humano como creador de un arte. Sin embargo, aunque muchos acusan a la música erudita o culta de rigor y análisis, hay que decir, que algunos recursos del Barroco como el bajo cifrado , quizás más sujeto a otras formas de improvisación a una norma, fueron muy utilizados como dan fe de ello las investigaciones más actuales.

En el otro lado de la balanza se encuentra la música compuesta con un formato cerrado, es decir, como obra acabada y  que tuvo su máxima representación en el Clasicismo, apoyado en los valores propios del periodo de orden y simetría heredados a su vez de la Grecia Clásica.  El Romanticisimo, los Nacionalismos e incluso el impresionismo, mantuvieron el rigor análitico y formal de una obra. A diferencia de la improvisación, el compositor dicta claramente aquello que quiere sea ejecutado con la mayor fidelidad posible. Incluso en este metódico y sistemático modelo de composición existe una fase de "improvisación", que se reduce a los instantes en el que " se juegan" con los sonidos para inmortalizar una idea final. No cabe duda que se trata de un proceso fuertemente vinculado a la razón y al método, como hemos dicho anteriormente, influenciado por el pensamiento que queda muy bien ejemplificado en El discurso del método de Descartes. La obra cerrada tiene la desventaja en su propia condición de obra cerrada, pierde frescura, naturalidad y se acota en los límites de su propia norma. Pero cuando la obra cerrada es de una belleza y calidad admirable, nada de ésto es echado en falta. Hay que tener en cuenta dos cuestiones importantes. La primera, un compositor del Clasicismo daba la obra por "muerta" una vez compuesta y representada no más de un año, y la segunda, muchos compositores retocaban sus obras tantas veces como fuera necesario para alcanzar esa obsesión de idea acabada y perfecta.

Ambas dimensiones están condenadas a caminar por senderos diferentes y nadie podría decir cuál de ellas es mejor, puestos a comparar. No cabe duda, que con la invención del fonógrafo y la aparición de la música grabada, el concepto de improvisación se convierte inevitablemente en obra acabada, sólo la música en vivo puede ofrecer este placer de escuchar a un intérprete desafiar los convencionalismos y las normas. Eso sí, la improvisación que en un principio era cosustancial al hecho compositivo mismo, conserva hoy el aspecto emocional de sus orígenes pero tiende a confundirse con las demostraciones acrobáticas del virtuosismo, muchas veces en un afán de egolatría enfermiza.

CONCLUSIÓN. Una obra de Mozart, Beethoven o Haydn, por citar tres compositores del período clásico, son perfectas en cuanto a su contexto histórico y los métodos de composición establecidos. Una danza tribal nigeriana acompañada de tambores, es perfecta en cuanto a su finalidad, su contexto y el carácter.