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sábado, 4 de junio de 2016

¿Qué hacemos con la cultura?




No dedicaré la atención de este post a definir la cultura (algo por cierto, indefinible), me centraré más en la pregunta que da título a este post: ¿qué hacemos con la cultura?

El paradigma de la cultura se tambalea. Lo que antes nos parecía válido, ahora ya no lo es tanto y eso también es consecuencia de las transformaciones sociales que vienen sucediéndose, cada vez de una manera más vertiginosa.

Parece, aún así, sostenible, que la cultura es un bien universal. Sí, universal, porque si consideramos que nuestro planeta es el único habitable sería de miopía magna. Es, por tanto, algo cosustancial a los pueblos, definiendo su identidad. Cuando nos referimos, por ejemplo, a los didgeridos, uno no puede más que pensar en los aborígenes de Australia, o si hablamos de tequila, no cabe duda de que estamos localizándolo en Méjico.

La identidad, otra cuestión candente en estos tiempos, también es un concepto en continua transformación. Sólo hay que echar un vistazo a las oleadas migratorias, a los nuevos pueblos y culturas inmersos en otros como formando parte de un círculo mayor que lo contiene. Aún así, y como ya hemos tratado en otras ocasiones, uno abandona la tierra, la patria, pero carga con su cultura y su identidad.

Hasta aquí, nada de novedoso. Así ha existido desde que el hombre es nómada y desde que es gregario.

La cuestión que nos trae hoy es, si determinadas formas de cultura son admisibles, si una determinada civilización puede objetarlas, en definitiva, ¿quién le pone rejas al campo?

Hasta ahora, la UNESCO ha mantenido un firme criterio de respetar la identidad de los pueblos, pero también la necesidad de la convivencia y la paz entre ellos. Ninguna acción encaminada a crear un nueve frente bélico o una actitud beligerante. Pero, ¿hasta dónde esto es posible?

Si, como sostiene Rodolfo Stavenhagen en su informe Los pueblos indígenas y sus derechos  para la UNESCO (México), hasta 2002 no se elabora un primer informe sobre la situación de los pueblos indígenas y hasta el 2005 no se trata la cuestión de la Educación. La Organización Mundial de las Naciones Unidas no realiza una Declaración de los Derechos Humanos de estos pueblos hasta el 2007. Todo ello, hablando de una multiculturalidad ancestral, resulta bastante descorazonador aunque se agradezca el empeño.

Respondiendo a la pregunta antes formulada con más preguntas: ¿es posible que el pueblo nativo viva con aquellos que facilitaron su exterminación y su exilio?, ¿hay un reconocimiento real de su cultura o apenas una justificación “limpia-conciencia” de la misma?. En cualquiera de los casos, en el s. XXI,  y dado que retroceder en el tiempo aún no es posible, tendremos que admitir, primero: que no podemos cargar con la culpa de lo que otros hicieron, segundo, que cuando hablemos de Norteamérica no lo hagamos pensando exclusivamente en el rostro pálido.

En otro estado de cosas, queda aún la difícil solución a lo planteado en relación a si una determinada civilización puede dictar normas que atañen a la cultura de otros pueblos, convirtiéndose así en jueces y abogados de los mismos.

Tres ejemplos revelan que el intervencionismo puede afectar a la propia cultura cuando se establece un “criterio básico de normalidad”.

La ablación genital en algunas tribus africanas es un fenómeno “natural” desde tiempos remotos. Forma parte de entender su cultura aunque a nosotros nos parezca aberrante. Esta mutilación está prohibida en cualquier país (incluso para los propios africanos que emigran a ella) con una legislación básica ya que en muchas ocasiones compromete la vida de las adolescentes que son víctimas de esta práctica.

El toro de La Vega y otras muchas festividades taurinas que recorren España, están incrustadas en su propia tradición cultural. Sin embargo, hoy en día, un movimiento pro-animal está plantándole cara a esta manifestación que atenta contra el derecho a una vida digna que todo ser viviente debería tener.

En China, la superpoblación obligó a que las familias redujeran el número de hijos a uno y a ser posible varón.

A una gran mayoría de la sociedad moderna, nos parece lógico que en tales casos “hay que hacer algo”.

En el primero, nos mueve la conciencia moral y ética propia de nuestra civilización occidental muy acusada por el cristianismo. El rechazo no viene de dentro, sino desde fuera.

Sin embargo, en el segundo caso, una nueva generación se enfrenta a los valores tradicionales arraigados anteponiendo un derecho de vida a un derecho de tradición. En este caso, aunque el rechazo exterior es también evidente, generalmente viene desde dentro. Y así, ocurre también en el tercero aunque con matices.

Tres modelos de cultura que difícilmente se pueden mantener desde una visión como la sociedad actual occidental.

La cultura, por tanto, se revela como un fenómeno sujeto a cambios y en el mundo globalizado, otros tienen también el derecho a decidir u opinar qué es correcto y qué no lo es.

Con ello, la cultura se aleja de las identidades, o mejor dicho, crea nuevas identidades sometidas a cada contexto que la condicionan de un modo inexorable.