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sábado, 23 de julio de 2016

IDENTIDAD: TO BE OR NOT TO BE





Con frecuencia escucho a algunos analistas, periodistas, sociólogos e intelectuales en general, utilizar una connotación peyorativa del término identidad.

Hoy, en el mundo de la globalización, la identidad es un vocablo confinado a círculos de ultra-derecha o ultra-izquierda (que para el caso, lo mismo es). Como un sinónimo de xenofobia y odio al extranjero.

Estas dudosas aplicaciones de lo identitario figuran en los índices de algunas posiciones políticas bien como he dicho de uno al otro arco de las ideologías existentes. Un ideario que se sustenta en el concepto de globalización o lo que es lo mismo en la universalidad del ser humano desde una perspectiva aborrecible de código de barras, de número de identificación como solían hacer en los campos de concentración del nazismo.

La globalización entendida de este modo es tan abominable como la identidad entendida como forma de exclusividad y de marginalidad.

El conocimiento de uno mismo pasa por la necesidad de saber quién es uno y ello se fundamenta en las bases de su identidad. Ésta, por tanto, responde a una necesidad de autoconocimiento que nos define y dibuja nuestro perfil y nos diferencia de otros, del mismo modo que un cangrejo de río natural de las aguas españolas no es el mismo que uno de Brasil y que su adaptación resulta más que artificial si quisiéramos su importación o exportación.

Lamentablemente, la identidad es una bandera y nunca mejor dicho, que ondea y está a merced de quien la usa y le da contenido, pero es algo irrenunciable. Un iraní que se marcha a Alemania seguirá manteniendo sus raíces identitarias porque en cierto modo forma parte de su propio ADN y en él están todos sus antepasados que así lo fueron. La identidad no se puede comprar, ni adquirir, ni traspasar, simplemente existe desde el momento en que nos condiciona el nacimiento y la cultura que nos da acogida cuando llegamos, pero incluso en algunos casos, un alemán nacido en Alemania de familia iraní, seguirá, en cierto modo, manteniendo cosustancialmente la cultura de sus ancestros y a ella añadirá la suya propia que se conforma con la sociedad y el mundo de vida al que pertenece.

Por ello, la identidad no puede desprenderse de una serie de valores que se adquieren con la nacionalidad de origen, entre ellas y de un modo muy presente, la religión.

Detrás de todos estos términos que el hombre construye para perfilar el mundo en que vive, uno, en última instancia, es un ser viviente al que en ningún caso se puede excluir de un planeta, de un tiempo y un espacio determinado, pero JAMÁS, como un ciudadano cero, sin personalidad, es decir, sin su propia identidad.