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jueves, 25 de mayo de 2017

Rosendo Mercado y el valor de la integridad

Mi adolescencia coincidió con uno de los momentos claves en la historia de la música popular española: la movida o la década prodigiosa.

Nunca me adscribí a un estilo concreto, me gustaba lo que me gustaba y me dejaba guiar por lo que consideraba "bueno o malo" desde la percepción de un chico con granos en la cara.

Por aquellos años, Rosendo Mercado estaba en Leño, aunque anteriormente yo también había transitado por los mundos de su anterior banda Ñu. Tal vez porque nunca fui un rebelde, la música de Rosendo no estaba entre mis discos de preferencia, pero sí los escuchaba tratándome de acercar a por qué decía o escribía y tocaba de aquella manera.

Ahora, que ya pinto canas y desde la retrospectiva, Rosendo representa un referente de lo que se dió en llamar el rock urbano, como si alguna vez el rock hubiera sido rural, pero bueno, vamos a dejarlo ahí, pues entiendo lo que se quiso decir en su momento al diferenciarlo de otras formas de rock.

Leño y posteriormente Rosendo no era lo más brutal o rebelde que se hacía en aquella época aunque pudiera parecerlo, todo en general era transgresión, incluso grupos de la ola tecno, en las antípodas del rock, lo hacían con irreverencia y tal vez en ello estaba su éxito.

En una entrevista que nos permite las nuevas tecnologías actuales, he descubierto a un hombre de una integridad poco común en estos tiempos que corren. No digo que sea el único, pero es especie de extinción. Rosendo nos cuenta en ella su trayectoria musical y las dificultades que suponía hacer rock en aquellos momentos pero lo más interesante es que no le importaba si con ello ganaba cuatro duros. Es lo que diferencia al artista del famoso y que hemos tratado en otros post en más de una ocasión.

La fidelidad al estilo puede ser vista también negativamente, algunos pueden pensar que con ello no se progresa, pero sería erróneo caer en esa tentación, porque el progreso más que del género en el que se compone se visualiza en el estilo y en el modo de hacer otras cosas sin dejar de ser uno mismo.

Rosendo Mercado, fiel a su principio de chico de barrio, a renunciado a la estupidez de una estatua propuesta por Ahora podemos y su alcaldesa. Y me parece de la mayor sensatez que no quiera que le entierren en vida y tambien renuncie a la medalla que se le quiere otorgar porque en los tiempos donde había menos papas y mucha marignalidad Rosendo nunca contó con esos ofrecimientos que ahora se quieren hacer como presagiando un fatla desastre.

Independientemente de que te guste la música de este artista fiel a su proyecto musical, a mi me ha dado una gran lección de vida, uno sólo debe renunciar a sus principios si cree que existen motivos para ello y otros mejores que lo superen. Gracias Rosendo y que viva el rock´n´roll

Entrevista Rosendo Mercado por Rock

domingo, 14 de mayo de 2017

Britishvision y la mediocridad

Eurovisión 2017 nos ha vuelto a enjaular en el anglofilismo. Un set de músicas intrascendetales, faltas de personalidad (ya que a much os no les gusta la palabra identidad) y tan huecas como el propio Festival consagrado a la causa colonial británica.

Pero, por una vez, Portugal, Italia, Hungría o Francia, han demostrado que hay otra Eurovisión alejada de la influencia de una lengua que parece determinar el futor de una Europa extraña que por un lado dice adios al Reino Unido y por otro abraza el inglés como lengua plantetaria.

Nadie puede engañarse, ni debe si considera que Eurovisión es una plataforma de variedad de culturas que nos hace iguales en la diferencia.

El festival, que no es tal, sino un concurso, premia a una determinada canción haciéndola fruto de la manida competición, del mejor, la mejor, y entonces cae por su propio peso ya que el arte no puede sustanciarse al Olimpo de los dioses y diosas, no puede ser el altar del sacrificio por el cual una determinada canción se impone a otra ¿bajo qué criterios?.

La homogeneización que vive el planeta está en consonancia atractiva con el citado concurso de Europa, una Europa que sigue siendo irreconocible, cada vez menos identitaria de sus raíces y valores propios. En ese afán de hacernos ciudadanos y ciudadanas del llamado primer orden, nos quita nuestra vestimenta cultural y nos coloca el estigma de la igualdad europea.

Hay una Europa de las diferencias, pero nadie quiere verla. El miedo al pasado, a las vinculaciones nacionalistas nos deshereda de una lengua, de un estilo, haciéndonos huérfanos en el hospicio de Europa que vela por nostros y nosotras.

Afortunadamente, los países arriba citados y el propio jurado del concurso ha llegado a la conclusión de que el idioma es la máxima representación de un país, porque con él se mueven otros aspectos culturales y sentimentales, pero como he dicho, ¿en base a qué la cultura puede medirse en el podium de las condecoraciones?.

La única Eurovisión capaz de resurgir como Ave Fénix es aquella que obvia que un concurso no puede ser un festival, que un festival es el encuentro de culturas y que en esas culturas se da un proceso de intercambio en el que no existe una lengua común que nos representa, sino la propia que nos define.

Felicidades Portugal y Salvador, por haber dado ese primer paso.