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domingo, 3 de septiembre de 2017

CAMINO AL GOLGOTA DE LO INEVITABLE


Como una macabra broma del destino, el planeta camina hacia una guerra inexorable. Y digo, lo de broma, porque es insultante que un idiota tocapelotas se haya aficionado a enviar misil a diestro y siniestro, como una gracia, como un alarde del niño envalentonado al que nadie teme.

La guerra será inevitable porque más temprano que tarde no habrá más remedio que pararle su osadía y estupidez.

Y lo peor de todo, es que detrás de ese anormal hay un club de fans locos por lanzarse al cuello de sus enemigos de siempre, los que permanecieron durante la guerra fría como hibernando siempre dispuestos a demostrar que nada ha acabado sino que esto fue un Stand by.

Las rencillas de siempre en el odio envenado de las ideologías: el comunismo y el capitalismo, los vencedores y los vencidos, son las viejas y truculentas historias de los Romeos y las Julietas deseosos de paz pero obligados a lo imposible por tradición familiar, a tomar partido y a resignarse a que La Providencia tome partido, sin saber si las definiciones de la RAE podrían encajar en la visión teológica que no cosmológica del mundo.

Muchos justificadamente me dirán que guerras ya hay abiertas en muchos frentes y en cualquier lugar del planeta. Cierto. Guerras tal vez de tipo estratégico en la que ningún inocente está a salvo y tenemos las manos manchadas de sangre por cada uno de ellos a los que compadecemos sentados delante del noticiero y luego, a otra cosa. El aburguesamiento se ha apoderado de nosotros y son pocos los que dedican su escasa semana de vacaciones a hacer algo por alguien o en el día a día llenando nuestros oídos de cuantos tapones sean necesarios para no ser perturbados por la conciencia, si es que queda algo de eso.

Pero, ante la provocación o las niñerías del mandatario norcoreano, llegará el desastre cuando uno de sus fuegos de artificio acabe con la vida de alguien. El plato está servido des hace bastante tiempo, pero no se ha enfriado, sobrevive recalentándose cada día a la espera de los comensales que parecen ir tomando asiento en la fiesta que conmemora una nueva e inquietante etapa para el ser humano. Tal vez nuestra última fiesta, tal vez el postludio a un periodo nunca cerrado en la ópera de nuestra civilización.